Érase una apacible tarde de verano en el parque de la ciudad. Como es habitual a esas horas, muchos padres aprovechan para llevar a sus hijos a la zona de juegos y sacarlos así de la agobiante rutina a la que se ven sometidos en el interior de los pisos modernos, muy sobresalientes en cuestiones de diseño pero cada vez más apretados y estrechos.
Como de costumbre, las primeras en llegar son las denominadas familias windows, regidas todas ellas por una especie de disciplina anodina y marcial. Resulta muy fácil reconocerles. Vienen con ese aspecto de misa de los domingos, bien peinaditos —padres e hijos—, ropa hiperplanchada, juguetes nuevos y carísimos y ese irritante comportamiento propio de las manadas, falto de espontaneidad, terriblemente severo y aburrido.







