Siempre he sido la oveja negra de la familia, quizás por eso fui el primero en migrar a GNU/Linux, un sistema operativo que tiene algo de transgresor y de rebelde. Encajé bien, los linuxeros son gente un tanto peculiar, les gusta ir a su aire. Es difícil meterlos en cintura.
Fue un gran descubrimiento, luego de un duro periodo de aprendizaje y “descompresión” de los vicios adquiridos con Windows, esa filosofía de asumir el todo hecho a cambio de perder nuestra libertad. Adiós a los virus y a los antivirus, a la ralentización del sistema y a tener que piratear programas para huir de los tremendos abusos y restricciones a que nos someten los fabricantes de software. Pero la felicidad, con todo, aún no era completa. Desde hacía ya bastantes años mantenía regularmente comunicaciones vía vídeoconferencia con mis parientes y amigos del otro lado del océano, todas a través del Messenger.





