Bienvenidos a la singularidad

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La inteligencia artificial está de moda. Podemos verlo en el cine, donde abundan ahora las historias de robots y androides cada vez más humanos, de la misma manera que en el pasado triunfaron sucesivamente otros temas, desde las películas con romanos y vaqueros hasta amenazas nazis y extraterrestres. Esta misma semana estrenaban Transcendence sobre los peligros de una inteligencia artificial descontrolada, al mismo tiempo que se lanza en vídeo Her, la historia de un hombre que tiene una relación romántica con la inteligencia artificial de un sistema operativo. No hay que retroceder apenas para encontrar propuestas similares, como La máquina o Un amigo para Frank, una prestigiosa película sobre la amistad entre un anciano y el robot encargado de cuidarle.

No es la primera vez que la inteligencia artificial aparece en el cine. Ya en sus albores, podemos encontrar la fantástica Metrópolis de Fritz Lang, cuyo diseño del malvado robot que aparecía en la película se incorporó para siempre al imaginario colectivo. También han dejado una huella imborrable tanto 2001: Una odisea del espacio con su inolvidable robot HAL como Blade runner y sus atormentados replicantes. Sin embargo, las películas actuales abordan este tema desde una perspectiva más cercana, que probablemente haya sido la causa del resurgir del interés en este tema.

No es ninguna casualidad que este tema haya vuelto al cine. Detrás de cada tema que inundó la cartelera durante un tiempo había una preocupación generalizada y el cine era sencillamente una manera de abordarla. El novedoso temor hacia los extrarrestres fue lo que generó la avalancha de películas sobre ellos de los ochenta, desde E. T. hasta Mi novia es una extraterrestre. Y, actualmente, el interés en la inteligencia artificial no solo puede encontrarse en la cartelera. También en televisión podemos ver desde aproximaciones más o menos serias como la del programa Redes hasta visiones simplistas como la de Cuarto milenio. También en la literatura, Rosa Montero aborda el tema de los replicantes en Lágrimas en la lluvia y Dan Brown nos explica lo que es el transhumanismo en Inferno, por no hablar de Daniel Estulín y la conspiranoia que relata en El club de los inmortales. Tendemos a librar en la ficción las batallas a las que pensamos que tendremos que enfrentarnos en el mundo real. Y ahora, por lo visto, le ha tocado el turno a ordenadores capaces de alcanzar o superar no solo nuestra inteligencia, sino también nuestros sentimientos.

Con ordenadores cada vez más potentes y capaces, la sociedad se está dando cuenta de los ordenadores ya no están tan lejos de nuestras capacidades intelectuales. Por ejemplo, el viejo mito de que un ordenador jamás podría ganar al ajedrez cayó hace años y, progresivamente, los ordenadores se comportan cada vez mejor en campos que antes les planteaban muchos problemas, ya sea el reconocimiento del habla, la traducción automática o, sencillamente, la limpieza del polvo.

Si bien muchos libros han abordado las promesas y los peligros la inteligencia artificial, probablemente ninguno resulte tan rompedor como La singularidad está cerca de Ray Kurzweil. Este libro se basa en el concepto de singularidad, que el autor define como el momento en el que la inteligencia de los ordenadores alcanza la inteligencia humana, por lo que podemos dedicar dicha capacidad a mejorarse a sí misma, lo que ocasiona que el progreso y el conocimiento se disparen. Con tales conocimientos, podrían abordarse retos que han sido imposibles de superar para la humanidad, como frenar el envejecimiento o disponer de recursos en abundancia para todo el planeta.

Probablemente, esta idea resultaría poco creíble si proviniese de cualquiera que no fuera Ray Kurzweil, pero cuando quien la describe es alguien con un historial de inventos fracamente impresionante que además ocupa el cargo de director de ingeniería en Google y es famoso por haber realizado previsiones para el futuro que todos consideraron altamente improbables en su momento y que, sin embargo, acabaron cumpliéndose, tal vez merezca la pena darle una oportunidad.

En su libro, Ray Kurzweil detalla múltiples aspectos de la singularidad, desde la demostración del crecimiento exponencial en el que se basa hasta la respuesta a los críticos contrarios a su teoría. Sin duda se trata de una obra interesante, pero no totalmente satisfactoria. Para ser un libro divulgativo, no resulta suficientemente ameno y, para ser un libro científico, le falta rigor. Si bien resulta difícil discrepar con los aspectos fundamentales de su teoría, con frecuencia los cimientos sobre los que se fundamenta parecen francamente endebles. Por momentos, la promesa de una inteligencia artificial superior a la humana parece meramente una invención ideada para alejar uno de los más viejos miedos de la humanidad: la muerte. Al igual que Isaac Newton dedicó buena parte de su vida a la búsqueda de la piedra filosofal, Ray Kurzweil parece haber encontrado en la inteligencia artificial un Santo Grial tecnológico que le permita vivir para siempre.

¿Es entonces una predicción brillante del futuro que nos espera o los desvaríos de alguien que no se resigna a morir? Probablemente, ni una cosa ni otra. Aunque la obra resulta con frecuencia pesada y poco creíble, resulta imposible no reconocer en ella algunos de los patrones que ya empiezan a surgir en el mundo que nos rodea. Las máquinas se están volviendo cada vez más inteligentes, lo que conlleva por igual grandes posibilidades y grandes peligros. Se trata de una obra única en su especie, la única que aborda el futuro de las máquinas desde una perspectiva muy original, pero al mismo tiempo inquietantemente real. Por ello, sin duda se le puedan perdonar las casi seiscientas páginas en la que explica su teoría, cuando da la impresión de que trescientas o cuatrocientas páginas hubieran sido más que suficientes.

En cualquier caso, se trata de un libro capaz no solo de cambiar nuestra manera de percibir los ordenadores sino también de nuestra manera de programar. Tal como afirmaba José Antonio Marina en su fascinante Teoría de la inteligencia creadora, la inteligencia tal vez se exprese mejor con un adjetivo que con un sustantivo, ya que se define mejor mediente la manera inteligente de llevar a cabo una tarea, ya que la inteligencia solo emerge cuando nos enfrentamos a un reto. Los ordenadores están volviéndose cada vez más inteligentes y, a la hora de diseñar un programa, merece la pena dedicar un tiempo a plantearse hasta qué punto podemos volverlo más inteligente, de manera que sea capaz de anticiparse a los deseos del usuario. En muchas ocasiones, la respuesta no será tan obvia como podría parecer y lo que aparentemente se considera un comportamiento humano, con frecuencia puede automatizarse fácilmente. A fin de cuentas, no sabemos si dentro de poco los ordenadores lograrán pasar la prueba de Turing y ser indistinguibles de los seres humanos pero, sin duda, su comportamiento puede ser todavía más inteligente y amistoso de lo que es ahora.

Comentarios

Imagen de Goyo

Programar no es lo mismo que diseñar. ¿Se conoce algún caso de alguien que haya cambiado su forma de diseñar o de programar por haber leído el libro de Kurzweil? Yo no noté ninguna diferencia, pero lo leí en diagonal.

Lo que más miedo me da a mí es que las patentes en nanotecnología también crecen exponencialmente (dice Kurzweil y debe ser verdad). Al menos en el punto omega de Tipler hay cielo e infierno, con la singularidad es infierno seguro.

Imagen de granadajose

Es un libro un poco pesado, pero sí que creo que está siendo influyente. Por lo menos, personalmente no paro de ver referencias a él en todas partes. Tal vez se esté notando más en las aplicaciones para móviles que en las de escritorio, que se han quedado un poco estancadas. Respecto al diseño, me refiero no tanto al diseño estético como a la planificación de las funciones de un programa. Por ejemplo, actualmente estoy creando una aplicación para gestionar mi colección música y Kurzweil me ha inspirado para crear algoritmos que traten de adivinar la música que me gustaría escuchar.

Imagen de nolin

Los americanos los llaman "computadores" y nosotros "ordenadores". Ambas definiciones nos dicen de lo que son capaces estas máquinas. Los "sistemas expertos" no son más que una base de datos relacional, con o sin autoaprendizaje.
Jugar al ajedrez es un ejercicio de cálculo, muy complicado sí, pero mero cálculo.
Aprender a reconocer el habla o la escritura manual es un poco más difícil. Pero sigue siendo el manejo de una base de datos.
Lo mismo digo de reconocer caras y gestos.
Podemos dotar de "sentidos" (vista, tacto, etc) a las máquinas y que estas incorporen estas "sensaciones" a su base de datos.
Asimov introdujo las "leyes de la robótica" para que el resultado del manejo de esas bases de datos no tuviera consecuencias perjudiciales para los seres humanos.
Hasta aquí, la forma de programar para conseguir todo eso puede verse afectada, sí. Cada vez más datos a manejar y de manera más enreversada.

Donde creo que falta muuuuucho es en las máquinas tengan sentimientos, y con ellos la empatía, imprecindible en las relaciones humanas.
Para empezar, ¿alguien sabe poner números a los sentimientos? ¿cómo explicarlos a alguien que no los ha sentido alguna vez?
Para continuar, ¿tendrán esas "máquinas inteligentes" trastornos de personalidad?

Imagen de granadajose

Actualmente, muchas teorías consideran que el cerebro no es más que un gigantesco ordenador (o computadora), pero con una gran capacidad de almacenamiento, memoria y procesamiento paralelo. Aunque los sistemas actuales todavía parecen muy toscos, en principio, con el aumento de potencia de los ordenadores, sería posible reproducir el funcionamiento del cerebro y con ello todas sus manifestaciones, como emociones, creatividad y aspiraciones.

No hay que descartar que los ordenadores sean capaces de experimentar sentimientos. Por ejemplo, en «La máquina de los sentimientos» de Marvin Minsky se explora la relación entre sentimientos y ordenadores. Creo que se va a avanzar mucho en este sentido.

Imagen de ivisdrek

Podríamos, si quisiéramos, reducir el cerebro a una mera "maquina de cálculo". Pero lo fundamental se nos sigue escapando, y es cómo realiza el cerebro esos cálculos... En este sentido, se prevé un salto cualitativo, amén de inmensamente cuantitativo (valga la redundancia), con la inminente llegada de los ordenadores cuánticos. No sólo es una cuestión de potencia, también lo es de complejidad. Y aún más: entender esa complejidad implica romper muchos paradigmas de la física clásica que aún siguen vigentes en nuestros esquemas mentales.

En cuanto a que un ordenador derrotó a un humano en una partida de ajedrez, la cosa no está tan clara. Para empezar, los programadores no ofrecieron una información transparente acerca de los procedimientos en los que el ordenador basó sus cálculos. Y, en segundo lugar, no se le permitió al jugador humano disputar partidas a su antojo con el ordenador. Porque, quién sabe, a lo mejor le hubiera cogido "el tranquillo".

Pero, sí, pude que muchos de los que estamos hoy aquí aún vivamos lo suficiente como para presenciar avances significativos en la I.A. que pongan patas arriba el mundo tal y como lo habiamos concebido hasta entonces. En cierta medida, eso ya está sucediendo respecto a las redes sociales.

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Imagen de Goyo

La cosa está muy clara, mira: el que da jaque mate gana la partida, el que abandona pierde la partida, si se acuerdan tablas o uno queda ahogado la partida queda en tablas. Ni los procedimientos en que el ordenador base sus cálculos ni los resultados de otras partidas reales o hipotéticas cambian eso.

Otras cosas en cambio están mucho menos claras, por ejemplo que para entender la complejidad haya que romper paradigmas de la física clásica o que la llegada de los ordenadores cuánticos sea inminente.

Imagen de ivisdrek

No es tan simple. Si no hay transparencia en la información implicada en un experimento o evento, ¿quién garantiza la fiabilidad del resultado? Es decir, ¿y si el ordenador no funcionó al 100% con cálculos matemáticos y alguien intervino solapadamente en el proceso? Porque había muchos intereses comerciales a favor de que determinado producto o marca "venciera" a un humano. Al final, esa sospecha por desgracia no se despejó.
La Ciencia ha de ser muy estricta.

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