Múnich y Chile

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Muchas veces, cuando una persona lucha de cierta manera para impedir algo, en realidad no hace más que darle la razón precisamente a lo que quiere evitar. Por ejemplo, un empleado que para conservar a toda costa su puesto recurre a amenazas y mentiras, no hace sino darle la razón a quienes quieren despedirle.

Algo similar ha le ha ocurrido a Microsoft en Chile y en Múnich, donde las argucias perpretadas por esta empresa para luchar contra el imparable avance del software libre tal vez le hayan permitido ganar tiempo, pero cuestionan seriamente el modelo que intenta imponer, porque ¿cómo se puede permitir que una empresa capaz de recurrir a tales técnicas tenga el control sobre los sistemas operativos de la mayor parte de los sistemas operativos del mundo? ¿Qué garantía hay de que no utilizará en su tecnología estrategias similares poniendo en peligro incluso la seguridad de millones de usuarios en tanto que consigan sus objetivos empresariales?

No se trata solo de una cuestión de ética, sino también de un serio ataque a la libre competencia en la que se basa gran parte de la sociedad. Mientras que la mayoría de las empresas internacionales han creado estrictos códigos de ética que rigen sus operaciones, las noticias sobre contratos conseguidos de manera oscura y con dudosa legalidad por parte de Microsoft hacen suponer en esta empresa no se restrigen esas conductas.

Tal vez con lo sucedido en Chile y en Múnich, piensen en Microsoft que han ganado una batalla. Tal vez sea así pero, sin darse cuenta, también han dado la razón a todos los que piensan que esta empresa debería perder la guerra. Recurrir a la manipulación y luchar para que el gobierno gaste sus limitados recursos en actualizaciones de sistemas operativos que son totalmente innecesarias cuando hay opciones mejores y más económicas, sencillamente no debería tolerarse.